Logré que me resumieran brevemente el ascenso del volcán Puntiagudo por parte de mi abuela Ruth, hoy de 94 años de edad.
Corría el año de 1956 (mi abuela Ruth Koch tenía en ese entonces 43 años) y los Marmillod la entusiasmaron a escalar varios cerros de la Zona. Mi abuelo Carlos Franck U. no estaba tan entusiasmado con la idea, ya se veía viudo con tres niños. Igual la convencieron y partieron los tres: Dorly, Freddy y mi abuela Ruth a escalar el Puntiagudo.
Debo agregar que mi abuela no tenía zapatos apropiados y el “Cholo” (uno de los trabajadores del fundo) le improvisó unas suelas con una rueda de tractor a unos zapatoncitos de cuero que tenía a modo de refuerzo (ese detalle lo tenía casi olvidado y según lo que me dice mi madre esos zapatos aún están en el Fundo). Se fueron en Jeep hasta la lechería Nº5 y partieron por el Alersal nuevo. Armaron campamento donde comenzaba la nieve, se tomaron un caldo bien caliente y se fueron a dormir. A las 6 a.m. del día siguiente partieron a hacer cumbre.
Fredy a la punta, luego mi abuela Ruth y Dorly al final del grupo. Fredy propuso acortar camino yéndose por el ventisquero del lado izquierdo, pero al llegar a la cumbre del ventisquero se dieron cuenta que no podían continuar camino. Tuvieron que regresar y emprender la subida por el otro lado, el lado norte.
Cerro de merde
repetía Fredy Marmillod.
Continuaron rodeando el cerro y llegaron a una parte donde rodaban y rodaban piedras. “Pasen rápido entre rodada y rodada” ordenaba Fredy.
Por fin llegaron por el lado norte a una especie de chimenea. “Hay que subir aquí” decía Fredy.
“¡Yo jamás había subido por una chimenea!” menciona mi abuela Ruth en su relato.
Subieron encordados. Llegaron a la parte rocosa.
¡Tenían solo dos piolet para los tres, y Fredy dejó uno arriba! (¿será costumbre dejar piolet en las cumbres conquistadas?)
Hicieron cumbre en la tarde, tarde ya. Dicen que la vista era espectacular, se veía hasta el mar. Cuando bajaron se les hizo de noche y tuvieron que parar. No les quedó otra que pasar la noche en el ventisquero. Mi abuela Ruth relata:
“Nos amarramos en la única roca que había y ayudados por el piolet de Dorly”
Cuenta mi abuela que jamás había pasado tanto frío. Los Marmillod contaban con zapatos impermeables y ella no. Dice mi abuela Ruth que fue una noche infernal. Caían rocas de arriba y pasaban al lado de ellos. Ante esto Fredy decía que el sector en que se encontraban era muy peligroso por el constante rodar de rocas por lo que propuso cambiar el lugar de descanso más hacia la izquierda donde había mucho menos lugar para los tres y por lo tanto era tremendamente incómodo. Sentados así en el ventisquero, mi abuela se abrazaba a Fredy. “Apenas despuntó el día le dije, Fredy, nos vamos.
Descendieron muy lentamente ya que mi abuela no sentía sus pies, además los consumía una sed loca… “todavía veo a Fredy derretir agüita de la nieve”.
Al regreso había que bajar una pared vertical, bajó Dorly, bajó a mi abuela y después iba Fredy.
“Fredy hizo un rapel, para bajarme a mí, dando una vuelta a la única cosa firme que había en el cerro. Me bajó lentamente y después se bajó el mismo. Llegamos al campamento base, dormí y ronqué hasta que me despertaron con un caldo caliente.”
No llegó la gente a buscarlos a caballo y siguieron a pie hasta el Jeep. Se sacaron los zapatos, pero no así mi abuela porque sabía que nunca volvería a ponérselos. Ya en casa se dio cuenta que al meterse en la tina de baño que todas las uñas de sus pies estaban negras, las había perdido todas a causa del frío.
Breve relato de mi abuela Ruth Koch de Franck, una de las que logró llegar a la cumbre del volcán Puntiagudo junto al matrimonio Marmillod en el verano de 1956.



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