EL MERCURIO
DEPORTES
Sábado 19 de Junio de 2004
Temible atracción
Mauricio Purto

Fundo Puntiagudo
Entre los lagos Rupanco y Todos los Santos, el cerro Puntiagudo se yergue altivo, como ninguno en la región prepatagónica chilena. Escarpado y magnético como el Cervino de los Alpes, también resultó épica su primera ascensión, un 8 de septiembre de 1937, a manos y pies de Rodolfo Roth y del experimentado guía suizo Hermann Hess. Épica y legendaria. Porque en el descenso, remedando la historia de Whymper y los suyos en el blasón de los Alpes, Roth resbaló, arrastrando a su compañero… La cuerda que los unía no contuvo la caída y se cortó, y mientras Hess, herido, salvó de milagro, Roth cayó al abismo…
A la sombra de este dramático y legendario ascenso, el segundo ataque al enhiesto Puntiagudo es casi ignorado por los andinistas. Protagonizado por los germano-chilenos Jorge Köster, Werner Hohf y el asiduo escalador Ernesto Hoffmann, pionero en las cumbres del Castillo, del Catedral y del Nevado Sin Nombre, entre otras. De ellos, fue el primero, afable cuidador del historial andino, quién dejó detalles y estupendas fotografías de la segunda visita a la cima del Puntiagudo… Corría diciembre de 1945:
“Siempre nos había impresionado el Puntiagudo por su singular belleza y dificultad para escalarlo, rodeado de los lagos más hermosos de la Décima región.
“Supimos de los numerosos intentos para escalarlo hasta que finalmente fuera vencido por Roth y Hess, cobrando sí un precio alto: la muerte del primero, salvando milagrosamente el otro.
“Analizamos las causas y optamos por intentar el lado poniente, expuesto tardíamente al sol, con lo que las avalanchas comienzan a mitad de la mañana, siendo indispensable salir de noche del campamento.
“Partimos Ernesto Hoffmann y yo a caballo desde el fundo Puntiagudo, cruzando el tupido bosque hasta el comienzo de la nieve. Desde ahí a pie hasta un poco más abajo de la cruz instalada en la cresta oriente, en memoria de Rudy Roth. Aquí levantamos nuestra carpa. Al atardecer apareció Werner Hohf, administrador del fundo Chilcon… para observar nuestra ascensión. Le ofrecimos que nos acompañara en la aventura, lo que aceptó gustoso.
“Partimos a las 3 A.M. en completa oscuridad cruzando el ventisquero norte, que cae en dirección del lago Rupanco, lo que fue bastante desagradable ya que zumbaban los peñascos que pasaban a nuestro lado sin que pudiéramos verlos. Tuvimos suerte de no haber sido alcanzados.
“A las 5 A.M. cuando estaba aclarando nos encontramos a los pies de La Torre. Comenzamos a escalar por el flanco poniente, trabajando exclusivamente en hielo, con pendientes de hasta 60 grados. Ascendimos un tramo por una canaleta que daba una caída vertical de alrededor de 600 metros. Al final de la canaleta pudimos desviarnos al sur, para llegar al planchón triangular de hielo, que habíamos observado desde el lago Todos los Santos”.
La cumbre era un hecho resuelto… pero considerando a sus predecesores, sólo lo sería cuando estuvieran de vuelta en el bosque. Allí podrían empezar a contar la historia, su historia del Puntiagudo. Y así fue…
A treinta y cuatro horas de partir del fundo Puntiagudo, Köster, Hoffmann y Hohf llegaban sanos y salvos al punto de partida, bañados por el sudor y la lluvia, y seguro por esa exquisita sensación de elación que les regalaba la cumbre… herederos como nosotros del poder y la libertad de las montañas; y su temible atracción.
Mauricio Purto
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“El 8 de septiembre de 1937 el suizo Herman Hess y el joven Rodolfo Roth, ambos del DAV (Club Andino Alemán) de Osorno,
Era adolecente y me acuerdo de mis idas a lechear vacas, era una época maravillosa, después de el trabajo de la extracción láctea bajábamos de la “Manga” los tachos de leche y comenzaba la fabricación del Queso Puntiagudo:
En cierta oportunidad les conté del cuadro de mi bisabuelo Walter Koch Rothach, bueno este cuadro que está presente en todas (o casi todas) las casas de los familiares, tiene una curiosa particularidad: Este cuadro tenía la particularidad que desde el ángulo en que uno lo miraba el retrato del cuadro, daba la impresión de que te estaba mirando directamente hacia tus ojos. Se podrán imaginar la cantidad de “rollos” que nos pasábamos…



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